Quién allí la colocó quizás no tuvo la dimensión exacta de lo que hacía. Pero la reina se sentía volar allá en lo alto, con su bata confundiéndose entre cielo y nubes, mientras la estrella de su triangular frente destellaba una luz especial que apocaba al Sol.
Tenía que estar allí, por encima de sus súbditos, nosotros, para que la viéramos como esa rebelde mujer que ha bordado la manigua redentora de esta Isla, con sus leves manos de lino o algodón, dándonos puntadas invisibles en lo más recóndito del espíritu, levantándonos de entre los muertos útiles para emprender la próxima batalla.
¡Ah, Byrne, cuánta razón te asistía cuando dijiste que no había otra más bella que ella! Querido Bonifacio, desde tu terrible destierro, te la devuelvo mejorada por tanto amor, para que la disfrutes como mismo la querías.
Por eso, me asombró tanto encontrarla en tan desacostumbrado lugar esa mañana. Contemplándonos, como la patria, orgullosa. Corazón tejido de azules blancos y rojos que, desde el brazo proletario de aquella grúa, cual Turquino de hierro convertido en parábola de la fortaleza de espíritu de los cubanos y las cubanas, nos miraba. Era mi bandera esa paloma que busca rama para construir su nido, mientras, conmovida y asombrada, observaba el desbordante río humano que corría calle abajo por mi pueblo, este Primero de Mayo.
PERIÓDICO INVASOR, JOSE AURELIO PAZ





