El patio de Lázaro

Luce como un inmenso cementerio de hierros. Da la impresión de que nada crece, ni una gota de vida entre el óxido y la herrumbre acumulada en cada rincón.

Parece que no hay mucho allí para contar, solo recelosos trastos viejos añorando glorias pasadas.

De pronto, con las primeras luces de la mañana, aparece Lázaro, tal como ha hecho desde hace más tiempo del que puede recordar, y una descubre que hay algo más.

Una especie de conexión, más allá de las palabras afables y el candor de la mirada con la que acaricia ese sitio desde donde sus manos moldean el metal, y el ingenio desmiente la inercia aparente.

Tal como si el hierro se transformara primero ante sus ojos, convertido en una revelación solo para él, susurrándole al oído el camino para devolverlo a la vida, este avileño hace que la innovación parezca fácil.

Quizá porque como él mismo dice, nació y creció dentro del trabajo y los números en un taller de mecánica, observando a su padre, ahora solo basta pedir y él crea. No necesita muestras, el diseño nace en la pizarra que solo de abrir los ojos le recibe frente a la cama.

Así le ha dado vida, desde un compresor —para mantener los niveles de enfriamiento de la línea de producción de helados en la Unión Láctea de la provincia de Ciego de Ávila— hasta una máquina para producir fibra de coco, cuyo uso le permitirá la exportación de plantas ornamentales a la Empresa de Comunales, sin tener que comprar una extranjera con precio en el mercado internacional de más de 50 000 dólares.

“Al comienzo, cuando era jovencito, me tomaba noches de insomnio, hasta que me di cuenta de que llevaba mucha teoría y empecé a revisar bibliografía, pero ya no me quita el sueño.”

Los libros de su hermano, fallecido ya, quien era físico-matemático, le abrieron las puertas a un conocimiento que no llegó a través de la escuela. “Tengo más textos en el escaparate que ropa”, asegura.

“Cuando empecé a diseñar el eje del cigüeñal para la máquina del Lácteo, porque no había piezas, mi hermano me dijo: ‘¡qué va, eso no lo logras tú, ni te metas!’

“Al terminar, se lo dejé puesto en el pasillo de la casa y me dediqué a velarlo…, le pasaba la mano como si fuera un niño chiquito y murmuraba: ‘lo logró, lo logró’, hasta que vino y me dijo: ‘¡No caben dudas de que eres un genio en la mecánica!’

“Me complace resolver problemas que otros no pueden, pero si alguien más lo puede hacer yo me retiro y se lo dejo”, dice mientras sonríe, orgulloso.

Así, seguidor de las causas imposibles, ha sido siempre Lázaro López, desde que era un niño y hacía motorcitos de vapor o arreglaba relojes puestos en sus manos como entretenimiento y que, sin embargo, a pesar de los años, nunca han dejado de dar la hora.
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Invasor

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