“El 83 por ciento de los cubanos trabaja, no puede ser que el 17 restante sea el que esté en lo cierto”, dijo enfático el padre y pretendió dar por terminada la discusión. Los hombres, luego de acabar una obra de albañilería, estuvieron un rato debatiendo sobre si el joven debía o no emplearse en alguna actividad económica lícita. Sentados en círculo, como quien reflexiona en plural y en voz alta, exponían vivencias y, en ese punto, todos estaban de acuerdo. Los argumentos para no trabajar cayeron como pedradas, que si el salario es muy poco, si el horario muy rígido, si en la calle se busca más.
“Yo en un día me gano lo que mi papá no cobra en un mes”, seguía repitiendo el muchacho, y el coro asentía. Definitivamente, ese era el camino.
De dónde salieron esas cifras, no lo sé. A lo mejor se trata de una aseveración sin fundamento estadístico, pero aquí lo importante es que ilustra la situación concreta: si no fuera por la mayoría trabajadora, la minoría que piensa vivir de lo que caiga o consiga en “la calle” estaría perdida. Y no solo en el sentido económico.
Nosotros, que nos levantamos temprano para salir a laborar, ya sea en formas estatales o no, aseguramos que en la mañana el joven de esta historia, por ejemplo, tenga pan para el desayuno. Si, por casualidad, ya que su tiempo de ocio es mucho, quiere sentarse a ver una película o una serie, estará consumiendo la electricidad que otros generan. Cuando, al fin, se decida a salir, tomará un bicitaxi que, como debe entender, no se mueve gracias a la divina providencia, sino al esfuerzo físico de otra persona.
Se parará un rato en alguna esquina del centro de la ciudad a ver pasar a las mujeres bonitas o planificar el “negocio”, que le garantizará, en un día, lo que su padre o su madre nunca tendrán en un mes. Verá el movimiento cotidiano, gente que va y viene. El barrendero, el gastronómico con las pizzas, la vendedora de pan con lechón, el dependiente de la tienda, la muchacha que limpia la mesa de La Fontana, el policía del bulevar, el custodio del Banco, la veladora de la galería de arte,…
No reparará en que esas personas, de una u otra forma, hacen posible que él, flamante desempleado por cuenta propia, viva tranquilo, como si nada. No vendrán a su mente las imágenes de los miles de guajiros ordeñando vacas a las 4:00 de la mañana o guataqueando frijoles al mediodía, o de la operaria de la fábrica de jabones, el cobrador de la electricidad, el chofer de transporte público, la maestra de primer grado, el locutor de radio. Solo tendrá un atisbo de conciencia cuando el arroz de la bodega no sea de importación, y haya que acopiar tiempo y deseos para separar el grano de la churre; o cuando el doctor no llegue a tiempo a la consulta o no se encuentre el medicamento en la farmacia, y se preguntará ofendido, qué están haciendo en nuestro país para resolver esos problemas.
Nunca entenderá que si el salario hoy es bajo, y no alcanza para suplir ni la mitad de las necesidades, se debe, entre otras causas, a que gente como él prefiere seguir jugando a “la suave” y “por la izquierda”, mientras el resto nos echamos sobre la espalda el peso de la producción y los servicios de toda una nación. La lógica es muy sencilla, si en la calle se gana así de “fácil” es porque, primero, alguien produjo lo que, después, otro se robó. Que sí, que no es “lucha”, es robo.
En definitiva, no laborar es una elección personal, cada vez menos aconsejable, pues ya Cuba no es el lugar donde se puede vivir sin trabajar (si es que alguna vez lo fue y no se trataba de una imperfección del sistema social, demasiado complaciente y sobreprotector). Supongo que llegará el día en que en la calle solo consiga calor y algún que otro bache (apostemos porque para ese entonces ni huecos haya). Pero lo que sí no es admisible, ni ahora, ni antes ni después, es que ese porcentaje de desempleados y vagos que todavía pretenden vivir del esfuerzo ajeno, considere que quienes emplean su talento y energías en entidades estatales o particulares, estén perdiendo el tiempo.
Si precisan números aquí los hallarán. Según el Censo de 2012 en Cuba existe una población mayor de 15 años, económicamente activa, de cinco millones 022 303 personas. De ellas, estaban ocupadas en ese momento cuatro millones 846 647.
Ciego de Ávila, por su parte, tenía 199 329 personas aptas para el trabajo, y 193 123 empleadas en formas estatales o no estatales. Estos números nos ubican como la tercera provincia con menos trabajadores, sin contar al municipio especial. Asimismo, contrario a lo que podría parecer, los avileños trabajan más en zonas urbanas que rurales. Quizás, por eso la libra de tomate se cotice a 12.00 pesos o la malanga no baje su precio en julio ni en enero.