
“En un lugar de Sevilla, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…”
Estoy convencido de que Cervantes habría cambiado el lugar y el escenario de su famosa novela El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de haber conocido a su tocayo, Miguel Fernández Flores, un sevillano nacido en 1942 que actualmente vive en Ciego de Ávila, aunque, a decir verdad, tiene más parecido con Sancho por su carácter afable y su estatura regordeta.
“Yo no sé dibujar, pero sí tengo claro la idea que quiero transmitir”, afirma
Otra puntual diferencia hubiese sido que, en lugar de andar sobre un famélico jamelgo, diría que monta una pequeña bicicleta llena de carteles y no lucha contra molinos de vientos, sino contra un gigante real; primero al abrazar la causa de regresar a Cuba a los Cinco cubanos presos, de manera injusta, en cárceles norteamericanas (sueño ya cumplido) y, segundo, el fin del bloqueo norteamericano a la Isla, misión en la que se encuentra ahora involucrado, desde sus modestas acciones, y que pudiera concretarse, también, dado el reciente restablecimiento de relaciones con los Estados Unidos.
Mas… ¿qué buscaba este Miguel cuando gastaba su dinero en imprimir pancartas y hacer un montaje sobre la pequeña bicicleta en la cual se va por las calles a regalar su solidaridad con esta Isla? ¿Notoriedad?
“¡Para nada! Vine acá tras lo que vienen muchos turistas; música, playas, mulatas. Después me di cuenta de que Cuba era más que un destino turístico. Por eso, volví acompañando a algunos intentos de hermanamiento entre pueblos de aquí y pueblos de allá.
MIGUEL FOTO 1″Me enamoré también y tuve un hijo el cual ahora trato que sea un hombre de bien. Fue entonces que conocí la historia de Los Cinco y me dije que tenía que hacer mi modesto aporte a esa causa justa. Por eso invertí parte de mis ahorros en hacer carteles que luego colgué en mi bicicletica, de manera que a dondequiera que iba llevaba el mensaje de la necesidad de su liberación.
“Cuando ocurrió el milagro, entonces me dije que mi próximo abrazo para Cuba sería luchar porque los Estados Unidos acaben de quitar el bloqueo. Y giré, entonces, mi campaña hacia ese destino.”
Miguel durante un desfile por el Primero de Mayo, llevando su bicicleta-pancarta
Cuando le pregunto por su infancia y su vida en un pueblito de Sevilla llamado Alanís, este simpático hombre, bajito y de pelo blanco, me cuenta casi una novela de caballería.
Habla de una niñez dura y pobre, como la de muchos españoles, hijo de un pintor de brocha gorda y una campesina, hermano de cuatro varones más y una hembra; añade que tuvo que “curralar duro”, desde bien temprano, para ayudar a mantener a la familia, analfabeto hasta los veintitantos años quien se declara ferviente católico.
Con solo siete años pastoreaba cerdos en una finca ajena “donde un señorito andaluz me tiraba el caballo encima para humillarme”. También recogió algodón y terminó ayudando a su padre en la pintura de edificios. Pero las duras historias de entonces no le han robado esa sonrisa permanente con que comparte sus sueños.
“Le dijeron a mi madre que tenían que cortarme una pierna —cuenta—. Me diagnosticaron una gangrena. Me subieron sobre una camilla de mármol donde había un serrucho y mucho hielo, porque era la oscura época franquista y no tenían anestesia. Asustado me agarré a mi madrina con los ojos que se me querían salir. Ella convenció a mi madre de que me llevara de allí. No caminaba, pero un día, mientras dormíamos la siesta, me levanté, comencé a arrastrarme por las paredes, y mírame aquí.”
Después su juventud fue una especie de versión a lo Julio Verne. Trabajó en una fábrica de unos vascos que hacían perfume y pólvora de la cáscara de la naranja agria.
“Eran los tiempos de la post-guerra. A un hermano menor mis padres lo metieron en un auspicio, porque el dinero no alcanzaba para darnos a todos de comer. Era una decisión que yo no entendía. Me dolía tanto que con mis apenas 12 años y asustado monté en un ómnibus y me fui a verlo. Le prometí que lo sacaría de allí. Trabajé sábado y domingo en una fábrica de pintura hasta que logré regresarlo.
MIGUEL FOTO 4″Desde niño estaba claro que yo era un revolucionario. Para entonces ya pedía aumento de salario para mí y para los trabajadores. Llegué a ser jefe de mi propio padre. Alquilaba novelas y me las bebía. No me preguntes cómo, pero las leía.”
Hacer música por una causa justa, aunque no sepa tocar la guitarra
A los 15 años escapó de su casa y se fue a un cuerpo de paracaidistas en Alcalá de Henares, la primera escuela de su tipo en España, donde estuvo entrenándose de manera clandestina, porque era apenas un vejigo y, por ende, la mascota del grupo. Vivió también con los Legionarios del Sahara donde le bajaron más de una vez los pantalones y le castigaron con un baquetón golpeándole las nalgas.
Después desertó el día que vio ahorcar allí a un muchacho por el simple hecho de coger un poco de agua, sin permiso, mientras estaban en medio del desierto. El nombre del teniente coronel Paniagua aún le pone los pelos de punta.
—¿Por qué abrazó primero la causa de Los Cinco y, ahora, la del bloqueo?
—Yo escuchaba con admiración lo que se hablaba de Fidel y de esta Isla. Por aquel entonces me compré un par de zapatos que habían sido fabricados aquí y parece que ellos me trajeron andando hasta acá.
Mi admiración por el líder cubano y la sencillez de su gente, que te abre el corazón en el primer minuto, me enamoraron y decidí, finalmente, vivir aquí, de manera que ya llevo cinco años residiendo en Ciego de Ávila y no he vuelto a España.
“Después escuché a René contando su historia en la televisión y se me saltaron las lágrimas, porque, honestamente, yo no conocía absolutamente nada de esa terrible circunstancia de Los Cinco. Me dije que tenía que hacer algo y comencé a diseñar mis propios carteles, los mandaba a imprimir con mi dinero, y armaba esa especie de pancarta rodante con mi bicicletica.
“Cuando regresaron, entonces me dije que mi próxima meta tenía que ser luchar porque se termine el bloqueo norteamericano a Cuba, y en ese camino estoy con mis modestas acciones. Sé que no será fácil, que hay que andar despacio porque lo único que un pueblo no puede hacer es vender sus ideas. Tampoco es imposible. El deseo de tanta gente y el absurdo de una medida política y económica frustrada en sus propósitos por la solidaridad del mundo con este pequeño país, resulta un arma infalible.
“Me preguntabas cuál era mi sueño de niño. El único, el más poderoso, era tener trabajo para poder ayudar a salvar mi familia. Si me preguntas ahora, a mis 73 años, te digo que mi sueño más grande sería poder estrecharle la mano a Fidel y decirle: ‘¡Comandante, aquí estoy!’. Si lo consiguiera sería el hombre más feliz del mundo.”