Me permitió tomarle la foto si escribía de él en los periódicos. Cosa que incumplí hasta el día de hoy, porque había extraviado aquella imagen entre mis desorganizados archivos, recordándome lo torpe que soy.
La tomé una fría mañana de febrero del año 2012, como quien se bebe un chocolate. Andaba yo recorriendo la calle Obispo, de La Habana, con unos amigos, cuando apareció, de pronto, con su impecable traje, su sombrero y su bastón, en perfecta combinación azul, pero sobre todo con su bien templada voz, cual si se tratara del mismísimo Benny redivivo.
Juan Amores se llamaba este artemiseño que se anunciaba excéntrico musical de gran valía por las populosas calles. Como se leía en su pequeña maleta tenía, entonces, 88 años. Ahora no sé si aún estará vivo, pues no me lo he vuelto a encontrar en mis viajes a la capital.
En aquel breve encuentro le pregunté si lo que traía en la valija eran las partituras que interpretaba. Negó con la cabeza. Miró a ambos lados como quien teme a ser sorprendido por la Interpol y me dijo bajito: “Son las cartas de amor de las enamoradas que he tenido a lo largo de todos estos años.”
Curioso como soy le pedí que me dejara leer, al menos, una, pero volvió a mover la cabeza y sentenció: “Si lees una sola línea se cumple el maleficio. Pierdo la voz y nunca más me mira una mujer.”
Y como los grandes divos, que pensaba haberle dedicado demasiado tiempo al intruso, dijo correctamente, mientras se quitaba y se ponía el sombrero otra vez en gesto caballeresco: “¡Con su permiso!” Y dándome la espalda se puso a mirar hacia el interior de un bar en la Habana Vieja, con cara de seductor graduado en la universidad de la calle, buscando, quizás, a su próxima víctima amorosa, mientras me lo imaginaba la encarnación de un romántico vampiro que ha asumido ese color al chuparle, con sus afiladas canciones, la sangre azul a sus princesas.
Ahora, que el remordimiento me muerde en lo más profundo, te juro Juan Amores que, aunque estés todavía en este mundo o te hayas ido a otros lares a cantar los boleros del Bárbaro del Ritmo, no fue a propio intento que te olvidé en alguna carpeta de mi desastrosa computadora, de manera que trato de enmendar mi falta con estas breves letras menos dulces y melodiosas que tu potente voz, pero igual de agradecidas, si quizás te hayas llevado contigo la historia deslumbrante de un hombre que supo vivir su vida, como el gran Sinatra, “a su manera”





