Los escaños del peligro .Invasor

Al menos estadísticamente, el escrutinio no arrojó esa reñida decisión que sobre un ring tiene lugar cuando tres jueces le conceden su voto a una esquina y los restantes dos a la contraria.

El saldo de las elecciones parlamentarias en Venezuela (112 escaños la oposición, 55 las fuerzas bolivarianas) sienta una diferencia como para que, al menos de manera formal, la duda no halle mucho margen.

Ojalá, en procedimiento, esencia y contenido, las cosas hayan fluido de modo transparente y justo, sobre todo por parte de la oposición, tan proclive en comicios anteriores a enturbiar lo legal con la turbulencia de lo turbio.

De cualquier modo, un día habrá respuesta para incógnitas que hoy inquietan la mente. Porque no puede ser posible que, por arte de magia, tal vez negra, la balanza se incline así, ante el peso hueco de la porción vana, minoritaria por demás.

A pocas horas de hacerse público el resultado, es difícil que expertos y analistas puedan llenar con puntos de vista acabados el vacío que hay en quienes no entienden cómo se puede depositar de forma consciente hoy en el foso electrónico de una urna la sentencia de muerte propia, en especial cuando fue esa misma urna la que, apenas ayer y tantas veces, salvó de una defunción segura.

¿Será que en verdad una parte, no despreciable, de los 19 millones 496 000 electores en registro oficial, le concedieron más valor a escollos pre-cocidos como la crisis alimentaria —orquestada, articulada y calzada por cerebros y manos opositoras— que a los beneficios directos y tangibles de todos estos años, mediante realizaciones concretas como esas misiones que han sacudido barrio a barrio, páramo arriba, llanura afuera y selva adentro —para bien de todos— al país entero?

¿Dónde estuvo —y dónde puede ir a parar— el milagro que alfabetiza y da luz, no solo en términos de conocimiento o de escolaridad, sino, también, de salud, empleo, seguridad, decoro, progreso, inclusión e igualdad social?

¿Será que el eco de la banal sinfonía sustentada en acordes de promesas, mentiras metalizadas y confusión, termina siendo más convincente que el hecho irrefutable, visto, vivido y disfrutado ya?

Conocido es el venenoso y letal efecto de una prensa bien agresiva, en poder de partidos políticos que respiran más por el intoxicado pulmón de esos medios que por sus propios pulmones.

Tampoco es ignorado el inimaginable monto de dinero que segregan oligarcas, empresarios y otras fuerzas internas y externas, para tentar al soborno, sonsacar a la división, reclutar a la traición y desarmar hasta los dientes, por medio de ese caos que descabeza, confunde, debilita y mata.

No hay que ser profeta para suponer la reacción que en las nuevas condiciones podría brotar desde los 167 escaños de la Asamblea Nacional, en torno a medidas de amplio alcance humano y social aprobadas, en marcha; acuerdos y convenios internacionales, nuevos programas que sugiera el presidente constitucional Nicolás Maduro, y todo lo que huela o recuerde a la figura universalmente trascendental de Hugo Chávez.

Recordemos la maquiavélica e irracional rapidez con que Pedro Carmona Estanga disolvió el Parlamento, firmó un decreto que lo autorizaba a echar abajo todos los poderes y gobiernos regionales, reincorporó a la más rancia casta militar y hasta quitó del nombre de la República el término Bolivariana, tras aquel artero golpe de Estado contra Chávez (abril de 2012) que lo hizo pasar ridículamente a la historia como Pedro el breve, por las apenas 48 horas que el pueblo le permitió ultrajar la honra venezolana desde el Palacio de Miraflores.

Ojalá basten unos días para que, hasta los confundidos e, incluso, muchos de los artífices y partidarios de un retroceso similar (o peor), comprendan por sí mismos el peligro real que puede cernirse sobre todo el país. Porque es el respeto, es la sensatez lo mejor que podría ocurrir en el seno del nuevo parlamento, para bien de la República, de la historia, del continente y del mundo.

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